"Lo que llevo de ausencia", la puesta de Alfredo Martín,
enlaza los recuerdos fatídicos del secuestro del escritor con las memorias
de su Chacabuco natal de "A la diestra", su último cuento.
Por Ivanna Soto
Lo que llevo de ausencia, la última obra escrita y dirigida
por Alfredo Martín invita a sumergirse en el universo de Haroldo Conti. Con un
clima político, por este hombre símbolo de la militancia y de una época marcada
por la represión, se respira también el aire de Chacabuco –su ciudad natal-, el
olor al Delta, los secretos de cada pescador y cada bote, el tiempo que no
avanza, la sensación de libertad. Martín le otorga un cuerpo a las palabras
alguna vez dichas y escritas por el autor de Sudeste, esa novela
con la que empezó todo.
A través del parecido impactante del actor Marcelo Bucossi –también
oriundo de Chacabuco- Conti vuelve a su casa de Villa Crespo. La frase escrita
en latín: Hic meus locus pugnare est hinc non me removebunt (Este es mi lugar
de combate y de aquí no me moverán), los papeles revueltos en el piso, la casa
dada vuelta por los militares que lo acecharon, casi sin sorpresa, la madrugada
del 5 de mayo de 1976. Pero intacta la máquina de escribir con su último
cuento, A la diestra, cuando se entera de la muerte de su tía
Teresa Marino. "Es como si algo del orden del mal se hubiera detenido
frente a la obra literaria, frente a la Literatura", arriesga Martín. De
esa casita en Fitz Roy, un pasaje directo a sus vivencias en Chacabuco.
Entre los recuerdos fatídicos del secuestro, el Conti de la obra evoca
su infancia, el álamo carolina, su casa natal, su gente. Y ahí se entiende por
qué escribió ese cuento: la muerte ya estaba ahí, colada entre la vida nómade
que llevaba. Cuando se enteraba de que los secuestradores lo rondaban, cargaba
todo en el auto, ponía en un cajón de manzana los libros con los que estaba
trabajando y partía para el Tigre o la casa de algún amigo.
Fue maestro rural, actor, director teatral aficionado, seminarista,
empresario de transportes, piloto civil, profesor de filosofía y latín,
guionista y dramaturgo. "Cada persona tiene destinado un paisaje y debe
coincidir con él", dijo alguna vez. Cada uno de esos paisajes que le
fueron destinados dejó su huella en sus manos, su cabeza y su escritura, en un
intento de trascender las diferencias entre el arte y la vida. Para
él, eran la misma cosa. "Cada novela mía es un pedazo de mi vida, son
vidas que he vivido con la misma intensidad con que se vive una vida. En la
medida en que quiero esas vidas, quiero esas novelas", dijo.
Escribir, entonces, no era una opción, sino una necesidad. "Escribo
porque no tengo más remedio. Escribo o me muero", decía. Su afición por la
literatura tiene su semilla en los libretos de las tandas de títeres
que los domingos reemplazaban al cine todavía inexistente en los primeros años
de la década del '30 en la ciudad de Chacabuco. Un Conti que por esos tiempos
recorría el campo con su padre, un tendero ambulante del que heredó su hábito
de contar. Examinados, su obra de teatro, fue lo primero que
escribió. Al río de Sudeste -su primera novela- y los cuentos
de Todos los veranos, le siguieron las orillas de Buenos
Aires de Alrededor de la jaula, el paisaje de Chacabuco de los cuentos de La
balada del álamo Carolina y el circo ambulante de Mascaró, el
cazador americano, objeto de varias lecturas políticas, entre otros.
-¿Cómo fue la trasposición del cuento a la obra teatral?
-Fue muy agradable todo el proceso de indagación y construcción porque
de alguna manera Conti en A la diestra habla de la necesariedad de la memoria
para poder hacer frente a determinados hechos que tienen que ver con el
borramiento de un nombre. Es la imagen de un intelectual desaparecido muy
valioso que vuelve para seguir viviendo mediante lo que escribe. Haroldo Conti
aparece entonces en esa casa saqueada para terminar de escribir ese cuento que
quedó intacto en la máquina de escribir. Ahí sigue vivo, en ese cuento.
-Igual el cuento está intervenido por relatos de su desaparición...
-Sí. Haroldo, su cabeza, su posición y su literatura van exorcizando los
fantasmas del secuestro. En A la diestra habla de una celebración a partir de
la muerte, un asado en el cielo donde Dios es el gran asador. La ficción que él
crea lo llama, como si el cuento fuese una celebración para decir que no está
tan separada la vida de la muerte. Él decía que todos vivimos atados con
fuertes amarras –en ese lenguaje tan de marino- que estábamos protegidos
agarrándonos y que en la vida todo va y va, como si fuera río.
-De hecho Conti decía que literatura y vida no iban por caminos
separados...
-Totalmente. Haroldo hacía literatura a partir de sus vivencias. Él
decía que escribía para rescatar del tiempo a las cosas, a las personas,
a los hechos. Entonces, ahí es donde se produce ese apareamiento entre vida y
obra. Pero al mismo tiempo hay una posición ética. Como intelectual y artista
decide que su arma es eso que escribe, por eso decide quedarse para seguir
diciendo. Él hablaba de que la libertad no era una teoría ni una metáfora, sino
una práctica que había que ejercer. En ese sentido, con su obra y su posición
ética da cuenta de sus palabras.
-¿Cómo te resultó la poética de Conti puesta en discurso oral?
-Al principio me costó ingresar en su poética, pero el ejercicio
sensorial permanente de su escritura me llevó a apoyar la puesta con música en
vivo. Las imágenes acústicas tan abstractas daban el entramado
perfecto para que la prosa poética descansara y se dejara escuchar. Además,
Conti era hijo de un viajante de campo, entonces en su literatura hay ciertos
visos de relato oral. Hay algo de eso que se cuela todo el tiempo y me permitió
trabajar el material con esos dichos.
-¿Interviene de algún modo tu ejercicio como psicoanalista en la
investigación previa a la construcción de la obra?
-La cantidad de información que desde el psicoanálisis tengo me permite
profundizar un poco más en la vida de los personajes. En este caso, cómo debe
haber vivido Haroldo Conti esas situaciones límite de esos últimos días. Y a la
hora de plantear la puesta en escena, también tengo cierta visión que puede
estar un poco teñida de qué le puede pasar al espectador con ciertos contenidos
y determinadas imágenes. Igualmente, uno no tiene garantías de que las cosas
van a funcionar, y por suerte, uno se sorprende.
-¿Por qué creés que escribió en latín en vez de en castellano su mensaje
sobre que ese era su puesto de combate? ¿Por qué ponerlo en una lengua que no
es tan compartida por todos?
-Yo creo que en esa lengua él se debía sentir seguro, porque era con la
que enseñaba a las nuevas generaciones. Me da la sensación de que su
rol como docente fue algo que le sirvió en un sentido de refugio y de marca
para decir: "Esto tiene que ser transmitido desde este lugar". Se
podría pensar, en una interpretación posible, que él quería ejemplificar. Él
era consciente del riesgo que corría. Lo que la Dictadura mató con él fue la
posibilidad de expansión de la fantasía y de la ficción. El autoritarismo nos
enfermó de realidad, porque no permitían ni la ficción ni la ilusión ni los
sueños. Y lo más íntimo que hace a nuestra libertad es la posibilidad de
ilusionarnos y soñar.
-¿Después de la seguidilla de Dostoievski, con el alto de Gombrowicz y
Chejov, por qué decidís abordar ahora a un autor argentino para una obra?
-Uno puede pensarlo en términos de nacionalidad y lejanía geográfica.
Pero si pensamos el paisaje como algo que trasciende lo geográfico y alcanza lo
humano podemos pensar que quizás Rusia y Polonia están bastante cerca nuestro
en algunos aspectos desde el punto de vista de lo humano. Sabato decía que sólo
los rusos pueden entender a Dostoievski como los argentinos, a diferencia de un
francés, que puede pensar que Dostoievski plantea personajes demenciales y no
entender algo del orden de las miserias humanas y las ambiciones.
Y esto lo explicaba a partir de los márgenes. En lo artístico me parece que el
paisaje es humano, y si es así, las fronteras ya no están tan
delineadas, sino que están más cerca del otro.
-¿Tiene que ver con lo que decía Gombrowicz sobre los aspectos maduros e
inmaduros?
-Claro, somos países que estamos en los márgenes y tenemos aspectos
inmaduros al lado de aspectos maduros. En ese sentido, convivir un poco con
esta "bifurcación del yo" hace que aceptemos algo muy logrado al lado
de algo caótico y podamos transitar con esta dicotomía. Lo que decía Gombrowicz
es que si nosotros fuéramos menos europeizantes en el sentido de querer copiar
lo bueno del otro y empezáramos a ver lo bueno nuestro, tendríamos mucho para
rescatar. Cuando se comparaba con Borges decía: "Él prefiere las luces
de París, a mí me interesan las oscuridades de Retiro". Y me
parece que en ese punto es donde él redescubría la subcultura y proponía
redescubrir la cultura de lo bajo. Esa poética de lo joven, lo indomable, lo
rústico y encontrar ahí una fuerza. Él decía: "Todo lo bello no está en
París. Mirémonos un poco los pies y dejemos tanto de mirar el cielo. Fijémonos
cómo pisamos". Algo así.
Tomado de Revista Ñ - 7 de agosto de 2012
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